La contribución de Freire a la educación: una perspectiva histórica

Creado en Lunes, 25 Agosto 2014 Publicado el Lunes, 25 Agosto 2014 Escrito por admin

Sin temor a exagerar, es posible afirmar que Paulo Freire fue uno de los pedagogos contemporáneos que más contribuyeron a la profundización del movimiento educativo progresista, cuyo punto de arranque puede ubicarse en el iluminismo francés.

Si bien muchas y muchos educadores aportaron al desarrollo y refinamiento de los principios filosóficos y las prácticas concretas del progresivismo pedagógico, es posible identificar tres figuras claves, tanto en función de la calidad y originalidad de su contribución como de la dimensión de su influencia: Jean Jacques Rousseau, John Dewey y Paulo Freire.

Rousseau (1712-1778) fue el artífice de la principal revolución copernicana pedagógica del siglo XVIII, al transferir el centro de la educación de la iglesia al niño. Fue también Rousseau uno de los grandes inspiradores de la revolución francesa de 1789 (que lamentablemente no llegó a ver), al desafiar, en El origen de las desigualdades entre los hombres (1754) las ideas conservadoras establecidas en la Europa monárquica de ese momento. Con la publicación casi simultánea, una década despues, del Contrato Social y de Emilio, Rousseau completa su propuesta para una nueva educación y para un nuevo orden político.

John Dewey (1859-1841) también propuso, como Rousseau, poner al niño en el centro del proceso pedagógico, y promover un orden político más igualitario y democrático. Pero la contribución original de Dewey al pensamiento de Rousseau fue establecer una conexión entre las dos dinámicas, al plantear que la escuela debería jugar un papel politico central como instrumento básico para el cambio social. Tanto en sus principales publicaciones sobre educación (Mi Credo Pedagógico, 1897; Niñez y Curriculum, 1902; Democracia y Educación, 1916), como en su trabajo en el Laboratorio de Chicago y luego en Teachers’ College (Columbia University), Dewey propuso que la escuela debería ser un motor fundamental de la reforma social y la democratizatión de la sociedad. En este sentido, Dewey argumentó que la educación tradicional, basada en la transmisión de informacion, debería ser reemplazada por una educación que promueva la curiosidad y que esté basada en la reconstrucción y reorganización de experiencias de aprendizaje relevantes para el niño. En la propuesta de Dewey, las escuelas deberian convertirse en pequeñas comunidades democráticas, generando embriones que eventualmente contribuirían a democratizar la vida comunitaria y social.

Paulo Freire (1921-1997) retoma las ideas de Rousseau y de Dewey, pero al mismo tiempo las enriquece y las profundiza con nuevos aportes que incorpora abrevando en diferentes disciplinas y en su propia experiencia como educador. Del mismo modo que Rousseau y que Dewey, Freire logró articular en un pensamiento coherente una crítica implacable a las limitaciones de la educación bancaria con la propuesta de una educacion emancipadora o liberadora. Como lo decía el mismo Freire, su filosofía incluía un momento de denuncia del orden existente y un momento de anuncio de un orden diferente. Un énfasis exagerado en el momento de denuncia carece de esperanza, y por tanto puede generar parálisis. Al mismo tiempo, advierte Freire, un énfasis exagerado en el anuncio carece de un análisis sistemático de las estructuras reales de poder, y puede llevar a un voluntarismo ingenuo.

Desde mi modesta perspectiva, la contribución original de Freire a las ideas de estos dos de sus predecesores fue triple. En primer lugar, Freire generó la conceptualización de un modelo pedagógico que podria desarrollarse tanto dentro como fuera de la escuela. Con su trabajo en alfabetización y en educación de adultos, Freire sacó al progresivismo educativo de su fijación con la institución escolar, pero sin caer en el error de Ivan Illich de ignorar el potencial papel igualador de la escuela. En segundo lugar, Freire trascendió el liberalismo de Rousseau y de Dewey (y su visión de la educación como un espacio relativamente neutral) y se puso clara y explicitamente del lado de los oprimidos. En otras palabras, Freire profundizó el análisis de las estructuras de poder de sus predecesores (que por lo general se limitaba a la relacion maestro-alumno), y lo amplió al resto de las dinamicas sociales, desde una postura etica de rechazo a la injusticia y a la opresión. Tercero, Freire amplió la concepción de Dewey de la educación como reorganización de experiencias de aprendizaje, proponiendo que la praxis (entendida como acción y reflexión de mujeres y hombres sobre el mundo para transformarlo) tenga una clara lógica orientada al análisis de estructuras sociales injustas y a fortalecer organizaciones que posibiliten su radical transformación. En Freire, el diálogo como forma de relacionamiento y como método (analítico, pedagógico, y de investigación) se complementa con dinámicas generadoras de conciencia critica y prácticas solidarias, democráticas y colectivas de cambio social.

Entre estos tres educadores existen algunas discontinuidades (especialmente en torno a las interpretaciones sobre el liberalismo y la libertad), pero tambien una importante continuidad, pues es posible identificar un hilo conductor basado en la curiosidad y la participacion activa como herramienta pedagógica, el respeto al alumno como norma etica fundamental, y el apego a los valores y las prácticas democráticas como principio ded accion educativa y politica. A través de este hilo conductor, es posible observar como cada nueva contribución se basa en la anterior pero al mismo tiempo la profundiza, la expande y la radicaliza. Cada uno de estos tres pensadores, desde el lugar y el tiempo en que les tocó vivir, hizo un aporte significativo a la filosofia de la educación. Por supuesto, ninguno de ellos fue perfecto, y sus contribuciones pueden –y deben- ser objeto de criticas de forma y de fondo. De hecho, en la literatura abundan las criticas que se les han formulado a los tres desde diferentes posiciones epistemológicas, ideológicas, politicas y pedagógicas, incluyendo el feminismo. No es éste el momento ni el lugar de reiterarlas.

En el contexto de este homenaje a Paulo Freire, a cinco años de su muerte, es importante recordar su pedido de que no apliquemos sus ideas acríticamente sino de que lo reinventemos creativamente de acuerdo al contexto particular que nos toque vivir. Desde esta perspectiva histórica, es pertinente mencionar que si bien Freire continuó y profundizó los aportes de Rousseau y de Dewey, la historia del progresivismo educativo no se detiene en Freire. Así como no hay fin de la historia, tampoco hay fin del pensamiento educativo crítico.

Probablemente en los próximos años aparezcan nuevas que profundicen y “reinventen” a Freire, continuando la trayectoria marcada por sus antecesores, e influyendo a las próximas generaciones de educadores. Tomando en cuenta el carácter antropocéntrico de las obras de estos tres grandes pensadores que influyeron la filosofía y práctica educativa de los últimos tres siglos, quizás esa nueva contribución, la del siglo 21, venga por el lado de la ecopedagogía. Tomando en cuenta que iniciamos este siglo con tanta guerra y violencia, sería tambien deseable que la nueva bocanada de aire fresco incluya la educación para la paz, el amor y la convivencia. Paulo Freire alimenta constantemente nuestra esperanza de que otro mundo es posible, y de que la educación puede cumplir un papel fundamental en el diseño y la construcción colectiva de esa utopía.

Autor: Daniel Schugurensky
OISE/University of Toronto

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