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Tenemos 158 invitados conectado| Cuentos contados |
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Artículo escrito por: Espido Freire Escritora. Licenciada en Filología inglesa por la Universidad de Deusto, ha sido la ganadora más joven del Premio Planeta. Ha recibido diferentes premios nacionales e internacionales.
Ahora, en cambio, los niños se encuentran saturados de información relacionada con los cuentos de hadas y las fábulas de animales, que han sido fagocitados por poderosisimas empresas, y que han uniformado las narraciones, los rostros de las princesas y la apariencia de los ratones. Con ello, todo lo beneficioso que contiene el magnífico arte de narrar desaparece: ya no tienen necesidad de desarrollar su imaginación, porque las imágenes impresas o los dibujos sustituyen la elaboración mental. Ni el vocabulario ni la capacidad de narrar se incrementan, porque se simplifican los textos para que sean del gusto del niño. No mejoran la capacidad de comprensión ni la madurez, porque las historias son lineales y reproducen una y otra vez las mismas virtudes de sus protagonistas. Hay malas transmisiones de roles, una primacía de los varones y cierta cursilería que empapa todo, como una lluvia invisible y constante.
Para paliar esa carencia han proliferado, en bibliotecas, fiestas y colegios, los cuentacuentos profesionales. Hay auténticos genios entre ellos, pero apenas puedo mencionar esa palabra sin un escalofrío, tales han sido los estragos que he visto cometer a otros. El cuento es la antesala del sueño, la preparación para el reino del inconsciente en el que abandonamos a los niños cada noche. A nadie le gusta dormir solo: con los protagonistas de los cuentos se sienten acompañados, con fórmulas mágicas frente al mal y el miedo. El cuento relaja y permite olvidar la tensión que los juegos y los estudios causan. Prepara, además, para la vida que les aguarda, sus maldades e injusticias {y por eso deben existir las brujas y los ogros) y sus recompensas (y por eso es preciso el final feliz).
Contar cuentos es una actividad tan seria, tan importante, que los padres, los abuelos, aquellos a los que entregamos a los niños, deberían prepararse para ello. Y solo ellos deberían contarles esas útilísimas ficciones.
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A la queja común de que los niños cada vez leen menos se le añade la de que los padres cada vez cuentan menos cuentos a sus hijos. Las dos afirmaciones son falsas. En su infancia, ni mis padres ni mis abuelos disfrutaron de tiempo suficiente como para leer por gusto, y yo misma me maravillo ante los fabulosos álbumes ilustrados para primaria. Por muchas anécdotas y consejos que en otras generaciones se transmitieran, los cuentos no enriquecían la infancia de nuestros padres.