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Artículo escrito por la psicóloga española Violeta Alcocer
Especialista en infancia y crianza.
Colabora con las revistas Ser Padres Hoy y Naïf.
Imparte talleres para familias en Madrid.
 

 
Nuestros hijos recogen la violencia que viven dentro de casa (violencia que va desde la incomprensión y la intolerancia que sentimos hacia él en un momento dado hasta el tortazo o la paliza) y la expresan de muy diferentes maneras.
 
La agresión parece inherente al comportamiento humano y desde siempre, el hombre ha fabricado armas, bien para cazar, bien para defenderse de sus depredadores o agresores. La aniquilación del otro la vivimos no sólo en los crímenes y asesinatos que escuchamos a diario en los medios de comunicación, sino de forma más sutil y sofisticada en nuestras relaciones humanas, a través de diversos mecanismos mediante los cuales indirectamente “aniquilamos” al que tenemos al lado: desoímos el llanto de nuestros hijos y sus necesidades más básicas, miramos hacia otro lado para no ver la desgracia del vecino, nos imponemos a la voluntad del otro, etc. Todos ellos son comportamientos y actitudes que entran dentro del círculo de violencia en el que estamos inmersos.
 
Nuestros hijos expresan y simbolizan la violencia que viven, como dije, de diferentes maneras. Una de ellas es obviamente la representación de la muerte en cualquiera de sus facetas. Recordemos que el juego, en la infancia, es elaboración. Los niños juegan a matar porque, queramos o no, están interiorizando el modelo violento de nuestra sociedad, de nuestra familia, de nuestra casa.
 

 
En este sentido, que jueguen a matarse con una pistola que resulta ser una reproducción casi exacta que la misma pistola que utilizó aquel señor que mató a su mujer hace dos días... me parece una falta de respeto hacia nosotros mismos como seres humanos.
 
Proporcionarles a nuestros hijos pistolas, metralletas, cuchillos carniceros o cualquier otra arma mortal para su personal teatro simbólico no les va a hacer más violentos de lo que son, de lo que somos: ellos jugarán con una pistola último modelo o con un palo último modelo, da igual, porque la función del juego no es esa. No se trata de ser más o menos violentos, porque la violencia es la misma con un arma "real" que con la rama de un arbol o un dedo disparador. La violencia es la misma, pero lo que hay detrás de ella no lo es. Y esto es lo que hace la diferencia, una diferencia moral y ética.
 

 
Porque el uso de armas reales convierte a los niños, injustamente, en una especie de fantoches disfrazados de asesinos, sin auténtica conciencia del disfraz que tienen entre manos. Porque el significado de este disfraz es infinítamente más real para nosotros que para ellos. Mientras que ellos juegan a simbolizar conceptos que necesitan digerir, exteriorizar y representar de alguna manera, nosotros jugamos -sabiéndolo o no- a verlos convertidos en personajes cuya presencia, en realidad, es abrumadoramente cercana. Nuestros hijos saben que las armas matan, pero no saben el sufrimiento que provocan en nuestro mundo real, porque ellos juegan en otro mundo.
 
Ver a un niño en un parque con un subfusil bajo el brazo me parece indigno. Para el niño, para sus compañeros, para todos aquellas personas de carne y hueso que algún día murieron o morirán a manos de uno como ese, para todos aquellos que intentamos inclinar la balanza hacia el lado de los buenos tratos entre seres humanos.
 
Curiosamente, no me sucede igual cuando veo a los niños jugando a matarse con palos, dedos o inventillos propios, hechos con su mejor imaginación. Porque sé que juegan a otra cosa, juegan a su juego, inventaron sus armas, sus escenarios, sus batallas. Nadie muere porque nadie mata en realidad. Todo es inventado, construido, representado. No hay nada en su juego que sea idéntico a lo que pretende representar, salvo el propio niño, que es actor y protagonista de sus propias emociones.
 
Entregarle a un pequeño una ametralladora igual al modelo real para que haga su juego es como decirle: "¡ah! ¿quieres jugar a matar? Bueno, nosotros lo hacemos desde hace siglos, mira, puedes usar este arma, la usamos nosotros para matarnos entre nosotros y... vaya si funciona”.
 
Bastante tenemos con ser sus modelos violentos ¿no creen? no es necesario darles también las armas.
 
Los niños tienen que jugar. A lo que quieran y como quieran. Esto implica permitir que hagan de su espacio de juego el mayor de los circos, el mejor de los teatros.
 
Seamos conscientes de lo que representan los juegos de guerra de nuestros hijos y, por lo menos, mantengamos cierta dignidad.
 
¿Que tu hijo quiere una pistola? Vale, hagámosla juntos, pensemos qué tipo de agresiones necesita expresar a través de ella, a quién quiere hacer desaparecer en su fantasía y de qué forma. Demos rienda suelta a la fantasía, al rayo verde de moco tóxico, a la disparadora de pedos cósmicos, al láser que hace crecer pelos, a la bala que te mata de risa. Y juntemos materiales, reciclemos, peguemos, recortemos, pintemos juntos y ayudemos a nuestro hijo a representar su agresión de forma única y personal. Ayudémosle a pensar en la violencia que vive y con un poco de suerte, algún día no necesitará actuarla.

 

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