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Artículo escrito por la psicóloga española Violeta Alcocer
Especialista en infancia y crianza.
Colabora con las revistas Ser Padres Hoy y Naïf.
Imparte talleres para familias en Madrid.
 
 

 
Después de varios meses de ¡ncertidumbre, Daniel puede conocer al tan esperado «hermanito». Se llama Carlos y ha venido al mundo con un balón como regalo de cortesía para su hermano mayor. La cosa promete pero... tras la curiosidad inicial, el bebe deja de ser una adorable novedad para convertirse en una fuente de sentimientos de lo más contradictorios. A Daniel le gustaría que todo volviera a ser como antes. Se siente raro, pero no sabe cómo explicar qué le pasa. Cada vez que llora o se enfada, incluso cuando abraza al hermanito demasiado fuerte o le tira la pelota para que juegue, los adultos comentan entre ellos: «Daniel tiene celos».
 
 
Sentimientos y contradicciones
 
Lo cierto o que cuando llega el segundo hijo, tiene lugar una auténtica transformación vital de todos los miembros de la familia. Además de los famosos celos, son muchos los sentimientos y contradicciones internas que tiene que afrontar el pequeño que, de la noche a la mañana, pasa de ser «el único, el primero y más importante» a ser «el mayor de dos». De todos esos sentimientos, algunos serán maravillosos y otros... otros no tanto.
 

 
Casi desde el primer momento, aunque a veces nos cueste verlo, hacen su aparición el amor y la ternura por el recién llegado. Además, el niño sentirá curiosidad: y es que todas las cosas que rodean a un recién nacido son excitantes y dignas de ser observadas: la lactancia materna, los pañales, los sonidos y las incógnitas que envuelven su pequeña vida (¿pero cómo puede dormir tanto?, ¿por qué llora para todo?, ¿no tiene dientes?, ¿ni uno?).
 
También llegarán nuevos sentimientos, como el orgullo («mi» hermanito es muy interesante) que convive a ratos con los celos. Muy a menudo resulta que el hermanito no es exaclamente lo que él esperaba y todo lo que le habían contado resulta ser un fiasco. Y es que es decepcionante tener unas brillantes expectativas (jugará conmigo, le enseñaré mis juguetes, dormiremos juntos) que al final se convierten en... una torre de pañales sucios y un pequeñajo dormilón enganchado a mamá.
 

 
Toda situación de cambio conlleva un duelo por lo que hemos dejado atrás. Cuando aumenta la familia, todos, grandes y pequeños, tenemos que reubicarnos en la nueva situación y asumir que algunas cosas no volverán a ser como antes. Esto es una realidad y atravesarla es necesario para poder acceder a una nueva dinámica familiar. Por eso la tristeza, los celos, la impotencia o la culpa no son más que partes del camino que estamos recorriendo juntos. En realidad no hay que gastar nuestra energía en evitar o cambiar estos sentimientos. Lo que hay que hacer es manejar la crisis de la mejor manera posible para poder crecer gracias a ella.
 
 
Incredulidad, negación
 
A veces el hermano mayor actúa como si el bebé no existiera, como si el nacimiento no fuera con él. Incluso desde antes de que llegue a casa, los mayores siguen con su vida como si el recién llegado y todo lo que tiene que ver con él fuera invisible. Es una forma de negar la realidad y de oponerse al cambio. Cree que así «no existirá».
 
 
Regresión
 
Volverá a pedir teta, hacerse pipí de nuevo, querer estar encima de mamá... El niño vuelve a etapas anteriores cuando siente su universo y su seguridad emocional amenazadas. Las regresiones son normales y no hay que forzar al niño diciéndole que ya es mayor. Regresar a lo seguro es el único recurso que de momento tiene para tomar fuerza y enfrentarse al cambio.
 
 
Furia
 
Las emociones se desbordan y salen hacia fuera en forma de rabietas, constantes gritos y mal humor.
 
Nueslro pequeño está huraño y negativo, incluso agresivo y con fantasías un tanto alarmantes («mamá, ¿podemos tirar a Carlos al fuego?»). Los niños, por su dificultad para controlar las emociones, suelen dejarse invadir por este sentimiento muy a menudo. Ahora bien, cuando nuestro hijo llega a las manos, es importante tener esto en cuenta: todos los sentimientos son aceptables, lo que no es aceptable es su expresión en forma de agresión. Así, podemos y debemos hablar con nuestro hijo de lo que siente y aceptarlo (aunque sea odio), pero dejándole claro dónde está el límite de su expresión (el límite suele estar en la cara del otro).
 
 
Culpa
 
Sus padres esperan que se deshaga en mimos con el bebé o colabore en todo. Y él siente que no está cumpliendo lo que los mayores esperan de él. «¡Alguien tiene que tener la culpa de que yo me sienta así de mal!», piensa... y lógicamente, el bebé tiene todas las papeletas para alzarse con el título de «villano» y atraer sobre sí todos los «ha sido él» de la casa.
 
 
Desolación
 
Esta es la etapa de la verdadera tristeza. Nuestro hijo se siente impotente, se da cuenta de que, pese a sus intentos, al hermanito no se lo van a llevar a otra casa ni lo va a criar la abuela. La situación es irreversible y algo ha cambiado en su vida definitivamente... y en el camino ha quedado su lugar de hijo único y la oportunidad de ser el «peque» de la casa. En este momento hay que tolerar la tristeza, hablarle de ella («las cosas ya no son como cuando estabas tú solo, ¿verdad?») y darle todo nuestro apoyo y cariño. Estamos casi al final del camino.
 
 
Identificación
 
Es cuando las cosas, pese a tener su lado oscuro, también brillan y empiezan a mostrarnos su cara más amable. Ya ha pasado algo de tiempo y se nota que el mayor empieza a encontrarse a gusto en su nuevo papel. Vamos que le ha cogido el gustillo a eso de tener algunos privilegios y, además, hasta le ha cogido cariño al pequeñajo (y después de ese coscorrón que se pegó intentado ponerse de pie como un campeón, hasta sintió cierto orgullo de familia y recordó la de veces que el también dio con su frente en el suelo).
 
 
Aceptación
 
Después de la identificación (este hermano es como yo), llega la discriminación (pero no es yo, que soy único e irrepetible). Esto permite al niño encontrar su nuevo lugar en la familia y sentirse, por fin, a gusto consigo mismo y los demás. Los conflictos no dejarán de estar ahí pero, a partir de este momento, uno y otro se tirarán de los pelos con más amor y se defenderán frente a todos los demás.
 
 
Cómo favorecer las buenas relaciones entre hermanos
 
  • Establecer alianzas entre los miembros de la familia: si mamá tiene que atender al bebé en sus primeros meses a tope, papá y el hermano mayor pueden aprovechar para hacer todos esos planes que tenían pendientes y pasar más tiempo juntos.
  • Evitar las injusticias que vienen de terceros (familiares o amigos), no permitiendo que se haga una jerarquía entre hermanos: al mayor más regalos porque, total, el pequeño no se entera. O al revés: al pequeño este detalle porque es el chiquito.
  • Protegerles de las comparaciones («mira, el bebé está cailadito, a ver si tú haces lo mismo») que minan la autoestima y generan un clima de competitividad entre ellos.
  • Huir de las etiquetas y la polarización entre ellos (bueno-malo, vago-estudioso, sociable-tímido, etc). Generan baja autoestima y provocan que compitan entra ellos.
  • Intentar ser justos y ecuánimes en nuestras decisiones sobre ellos y que no se sientan injustamente tratados el uno respecto al otro. A veces es una tarea difícil o no somos conscientes de que estamos siendo injustos, pero hay que hacer el esfuerzo.
  • Abrir los canales de comunicación: escuchando y tolerando cuando nos muestran sus sentimientos respecto a sus hermanos. Es importantísimo enseñarles a expresarse y a hacerse respetar por el otro sin violencia.
  • Hacerles sentir orgullosos del lugar que ocupan en la familia: los hijos mayores pueden tener diferentes aptitudes que los menores y posiblemente puedan hacer cosas que los pequeños no (También pueden tener más responsabilidades). Los pequeños pueden gozar de ciertos privilegios por ser más pequeños, etc. Lo importante es adecuar los derechos y obligaciones familiares a la edad y el carácter de nuestros hijos.
  • Favorecer los espacios e intereses propios, los gustos personales, la diferencia. Ser hermanos no significa tener que hacerlo todo juntos, ni tener los mismos juguetes; todos necesitamos nuestras propias parcelas e intereses.
  • Pasar tiempo en exclusiva con cada uno de ellos.

 

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