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¿La letra con sangre entra?
Parte 2
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Artículo publicado el 19 de Abril del 2009
en el suplemento MiHigar del diario El Comercio
Lima - Perú

 

 

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"La letra con sangre entra". La literatura popular está plagada de referencias a severos castigos físicos y emocionales que buscaban, en tiempos pasados, lograr un mejor rendimiento escolar. Las escuelas nacionales fueron siempre el fiel reflejo de algunas costumbres heredadas y la literatura peruana no fue ajena a este fenómeno. La tradición de Ricardo Palma "¡Al rincón, quita calzón!" (lee aquí el texto completo de esta tradición) y la décima de Nicomedes Santa Cruz "A cocachos aprendí" son claros referentes.

Lo paradójico es que fueron los curas, y no los militares, los que tradidonalmente introdujeron este tipo de castigos no exentos de crueldad. Por suerte, estas represalias a las travesuras infantiles y adolescentes han sido erradicadas de la mayoría de escuelas de todo el mundo, induyendo las peruanas.

 

Dolor escolar

Si usted tiene más de 40 años, probablemente comparta con el escritor Jorge Eslava algún recuerdo sobre las modalidades de castigos físicos: "Cuántas veces de niño sufrí la mirada burlona del sacerdote, acompañada del desconderto de mis compañeros, durante largos minutos en que permanecí con los brazos extendidos aguantando el peso de unos libracos y arrodillado sobre chapitas de gaseosas".

La palmeta, una vara cilindrica de madera que servía para golpear las manos de los indisciplinados, es probablemente el más conocido de los castigos escolares. Como cuenta César Saldarriaga, asesor nacional de calidad educativa de Plan Internacional, "cuanto más grave era la falta, más palmetazos se aplicaban. Con el tiempo, este instrumento fue reemplazado por una más accesible regla de madera".

Los jalones de patillas, los 'lapos' (un lapo es un golpe en la cabeza con la mano abierta) y, en algunos casos, los correazos (golpes con un cinturón) y el uso de sanmartines (el sanmartín era una especie de cinturón de cuero que terminaba en varias puntas con nudos) fueron otros de los métodos de castigos corporales impuestos en el pasado.

 

Efecto inverso

Por suerte, los avances en la pedagogía y la psicología aplicada a la escuela han demostrado que este tipo de sanciones no hace más que empeorar la situación. Como explica el doctor Jorge Castro Morales, director de la Asociación Psiquiátrica del Perú, "el efecto de los castigos físicos y emocionales en los alumnos produce un efecto psicológico contrario. Los niños y jóvenes se rebelan ante lo que consideran un castigo injusto y desproporcionado, y simplemente empiezan a empeorar su conducta y, en el mejor de los casos, deciden dejarse desaprobar voluntariamente en una especie de venganza contra el sistema que los intenta someter".

 

Castigos y más

Algunos profesores infligían distintos grados de dolor utilizando la palmeta. Por faltas leves se recibían en la palma de la mano, las mas graves merecían palmetazos en los dedos juntos hacia arriba y en las yemas de ios dedos.

El jalón de patillas tenía grados se severidad distintos que estaban directamente relacionados con la cercanía a la base del pelo.

Otra forma de castigo físico comúnmente aplicada era la exposición de la persona por tiempo prolongado a la intemperie. Obligar a un alumno a mantenerse de píe bajo el frío o el sol inclemente durante horas es, sin duda, un castigo cruel.

Los castigos psicológicos y emocionales son tan reprobables como los físicos. Que un profesor se burle, insulte o humille a un alumno destroza su autoestima.

Es necesario cultivar la cultura del premio y de la estimulación. No se debe sólo sancionar las malas notas o los malos comportamientos, sino premiar los avances de los alumnos cuando se esfuerzan y mejoran su rendimiento. La idea de no reconocer el logro al asumir que es obligación de un alumno sacar buenas notas y portarse bien no tiene los mejores resultados.

Muchos de los asesinatos masivos en escuelas de todo el mundo fueron perpetrados por alumnos que habían sido castigados constantemente.

 

Peligrosos extremos

El polo opuesto a los castigos es la permisividad absoluta, que se puso de moda en la década de los 60 en Estados Unidos por la publicación del libro "Baby and Child Care", del conocido pediatra Benjamín Spock. En este libro, el doctor Spock advertía que los castigos eran un peligro real en el desarrollo de los niños, pues los incentivaban a desarrollar deseos fanáticos y los podían convertir en delincuentes juveniles. La conclusión del libro fue que lo mejor era dejarlos actuar con la libertad que sus propias conciencias les dictasen. Años más tarde, el doctor Spock se vio obligado a salir en televisión estadounidense a pedir disculpas y reconocer que se había equivocado. El hecho que propició este mea culpa fue la comprobación de la falta de disciplina de las tropas estadounidenses durante la guerra de Vietnam, donde hubo insubordinaciones e incluso asesinatos de oficiales por parte de soldados poco acostumbrados a recibir órdenes. Spock fue, incluso, acusado por el propio Spiro Agnew, vicepresidente de Richard Nixon, de haber echado a perder toda una generación de jóvenes con sus ideas permisivas, su blandura y su falta de respeto por las instituciones.

 

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