| Intelecto sónico: estimular el aprendizaje y la creatividad con música |
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Fragmento del libro "El Efecto Mozart" de Don Campbell
Creo que una nación que permite que desaparezca la música está en peligro de desaparecer ella misma. Bobby era un chico hiperactivo en mi clase; no se podía estar quieto ni callado; se pasaba el tiempo gritando e intimidando a los demás niños. Cuando escribía una composición, se podía sentir la rabia y la tensión que llevaba dentro; la fuerza enrollada de su personalidad se imprimía en las palabras de la página. En su casa, su comportamiento era igual de desmadrado, y sus padres habían renunciado a controlarlo.Al cabo de unos meses de acosarlo con imágenes de alimentos o de actividades que le gustaban, por fin conseguí que cerrara los ojos y entonara: «Ummm, ummm». Eso lo hizo durante varios minutos, y se produjo un cambo sorprendente: se le relajaron los hombros y le bajó el tono de la voz. Los demás profesores también observaron que cuando canturreaba, o cuando comenzaba el día canturreando unos minutos, se le aflojaba notablemente la tensión nerviosa. Cuando al año siguiente participó en actividades musicales cambió todo el ambiente de la escuela. Después de todos sus años de supervisar a maestros que tienen que vérselas con niños como Bobby, el ex director de una escuela de enseñanza básica de Washington, D.C., me comentó: «El profesor de música de nuestra escuela ha tenido más éxito con «una patata, dos patatas, tres patatas, cuatro...» [canción infantil inglesa] que el que han tenido todos los psicólogos, psiquiatras y orientadores de niños en la estabilidad inducida por fármacos». Y el efecto no sólo se produce en el crecimiento emocional. En un estudio realizado en Texas, se comprobó que los alumnos que participan en una orquesta tienen puntajes más altos que el promedio en las pruebas de aptitud académica. Desgraciadamente, debido a la falta de comprensión por parte del público de la importancia de la música para el desarrollo neurológico, se están reduciendo los fondos destinados a educadores de música y arte. Da la impresión de que la historia que narra la simpática película Mr. Holland's Opus, con su final casi trágico, refleja demasiado la realidad. La película trata de la trayectoria de un compositor e intérprete (Richard Dreyfuss), que, necesitado de dinero, decide dar clases en un colegio público hasta que se le presente un trabajo mejor. Pasados treinta años, después de mil epifanías musicales, despiden al querido mentor en las vísperas de su victoria total, mientras sus alumnos, ex alumnos y colegas lo aclaman interpretando su gran opus. Mr. Holland representa a los profesores de arte que han perdido su empleo porque no han contado con el respaldo de los conocimientos científicos o psicológicos para defender su campo. Sin embargo, el sonido y la música son fundamentales para mantener la buena salud y desarrollar habilidades de comunicación. En este capítulo vamos a explorar las formas como el efecto Mozart puede fortalecer la memoria, mejorar el aprendizaje y estimular la creatividad. También veremos cómo se ha usado la música en educación, negocios y en la sociedad en su conjunto, con buenos resultados. Aprendizaje más armonioso En el diálogo El banquete, en que narra una interesante conversación sobre el tema del amor, con música como telón de fondo, Platón cuenta que hacia el final del banquete llega Alcibíades, borracho, dando voces, armando alboroto y alterando la atmósfera con sus destemplados y roncos gritos. Sócrates intenta, con poco éxito, introducirlo en el armonioso ritmo del grupo, pero de todas formas el banquete no acaba mal; Sócrates conoce lo suficiente acerca de sus ritmos y los de los demás para impedir que el alboroto inicial se convierta en caos. Si logramos emular la clarividencia de Sócrates, podemos orquestar los ritmos de nuestros días, creando así un ambiente óptimo para el aprendizaje. Para empezar, podemos usar el ritmo a modo de instrumento para desarrollar la memoria y el intelecto. Si bien los recuerdos de experiencias o acontecimientos recientes se pueden almacenar en forma de imágenes, con frecuencia se almacenan como sonidos, sobre todo cuando recordamos las palabras. La memoria de hechos recientes tiene la capacidad de retener alrededor de siete unidades de información (el largo de esta frase, por ejemplo). Pero los grupos de unidades relacionadas se recuerdan como una sola unidad, y así el volumen de información que se puede almacenar aumenta de modo exponencial. La información hablada de forma rítmica se retiene fácilmente entera, como una unidad. Además de observar que el ritmo ayuda a la memoria, los investigadores han descubierto que la memoria tiene su propio ritmo circadiano. Los procesos de almacenamiento de recuerdos de hechos recientes funcionan mejor por la mañana, mientras que el proceso de almacenamiento de recuerdos para largo plazo es mejor intentarlo por la tarde. Como he dicho anteriormente, se ha demostrado que tocar un instrumento o participar en un programa de música en el colegio (o incorporar música en las clases de asignaturas como historia o ciencias) tiene efectos ampliamente positivos en el aprendizaje, la motivación y el comportamiento. He aquí algunos aspectos interesantes de las nuevas investigaciones:
Inteligencia musical A comienzos de los años ochenta, Howard Gardner, de la Universidad de Harvard, escribió Frames of Mind [traducido al castellano con el título Inteligencias múltiples: la teoría en la práctica], uno de los libros más influyentes en la educación de esta generación. En él introduce la idea de que tenemos inteligencias múltiples; cree que, además de inteligencias lingüística, lógica-matemática, espacial y corporal-cinestésica, tenemos inteligencias interpersonal, intrapersonal y musical. Cita estudios que demuestran que bebés de dos meses son capaces de repetir las canciones que les cantan sus madres igualando la altura, el volumen y el contorno melódico; y que a los cuatro meses también pueden imitar la estructura rítmica. La ciencia ha descubierto que los bebés están predispuestos hacia esos aspectos de la música, mucho más que a las propiedades principales del habla, y que se entretienen en juegos de sonidos que manifiestan claramente cualidades creativas.En su análisis de la educación musical tradicional de África, Gardner habla de los anang de Nigeria. En esta sociedad, las madres introducen a la música y baile a bebés de escasamente una semana, mientras los padres fabrican tambores pequeños para sus hijos. A los dos años los niños se reúnen en grupos donde aprenden muchas habilidades culturales básicas, entre ellas cantar, bailar y tocar instrumentos. A los cinco años, los niños anang ya saben cantar cientos de canciones, tocar varios instrumentos de percusión y hacer muchos movimientos complicados de baile. En algunas culturas se reconocen amplias diferencias individuales. A las personas de poco talento se las hace echarse en el suelo y un músico maestro se arrodilla sobre ellas y les marca ritmos para que penetren en sus cuerpos (y almas, según se cree). Desde que Frames of Mind contribuyera a introducir la educación musical en la corriente educativa principal, cientos de libros han ampliado más este tema. En mi libro Introduction to the Musical Brain, sinceramente me apunto a la creencia de que cuanto más estímulo reciba el niño mediante música, movimiento y artes, más inteligente va a ser. Evidentemente el estímulo debe ir seguido de silencio y reflexión; si no, se podrían perder los beneficios. Como saben la mayoría de los padres y adolescentes, una dieta constante de música sola no hace necesariamente más inteligente a los niños. La música aporta un ambiente positivo y relajador a la sala de clases, a la vez que favorece la integración sensorial necesaria para la memoria de largo plazo. En algunas aulas también sirve de telón de fondo para enmascarar los ruidos de la industria o tráfico; y se puede usar con éxito para inducir entusiasmo, aliviar el estrés antes de un examen y reforzar el tema estudiado. En una revisión exhaustiva de cientos de estudios empíricos realizados entre 1972 y 1992, tres educadores relacionados con el proyecto «Futuro de la Música» descubrieron que la educación musical mejora el aprendizaje de lectura, lengua (incluidas lenguas extranjeras), matemáticas y rendimiento académico en general. Los investigadores también descubrieron que la música aumenta la creatividad, mejora la estima propia del alumno, desarrolla habilidades sociales y mejora el desarrollo de habilidades motoras perceptivas, así como el desarrollo psicomotriz. En 1997, durante el debate sobre el futuro de la educación artística en las escuelas públicas, Gardner amplió sus explicaciones anteriores y dijo que la inteligencia musical influye más que las otras inteligencias en el desarrollo emocional, espiritual y cultural; que la música estructura la forma de pensar y trabajar, ayudando a la persona en el aprendizaje de matemáticas, lenguaje y habilidades espaciales. Afirmó que los legisladores y consejos de escuelas que eliminan la educación musical de la enseñanza básica, son «arrogantes» y no saben cómo han evolucionado la mente y el cerebro humanos. Igual que Gardner, yo creo que los niños merecen conocer la rica diversidad del arte y la cultura humanos. www.eduquemosenlared.com Música y habilidades lingüísticas Desde la canción «E-N-C-Y-C-L-O-P-E-D-I-A» de Jimmy Cricket a los instrumentos rítmicos más complejos que se encuentran en las escuelas de enseñanza básica de Estados Unidos, el sonido y la música se usan para aprender lenguaje, ortografía y pronunciación, e incluso habilidades sociales. Esto no es educación musical propiamente dicha; es educar con componentes rítmicos y auditivos.Durante mis cinco primeros años en el Proyecto de Educación Guggenheim de Chicago, comprendí que muchos de los alumnos no escribían ni pronunciaban bien debido a que los estímulos auditivos dados por el maestro y su capacidad para captar la información eran defectuosos. Sin embargo, descubrí que los instrumentos rítmicos combinados con movimientos les estimulaban la memoria casi de inmediato. Eso lo entendí una mañana en que una profesora particularmente simpática de los primeros cursos pasó lista a la clase inventando los triptongos más bonitos que había escuchado en mi vida: una chica llamada Alora Smith se convirtió en «Ya-lor-a Sa-me-ia-tha», y Myra Sue Robson en «Ma-y-ss-u Rau-bn». Aunque esos niños eran queridos y cuidados por sus madres, jamás habían oído consonantes. Comenzamos a formar eles con los codos, a decir aes con los dedos en el aire, y a hacer ues apuntando hacia abajo con los dedos de los pies. Pronunciamos los nombres de pila de todos los alumnos de la clase deletreándolos en el aire con las narices y barbillas. Con papel imaginario en el cielo y en el suelo formamos las letras en el lado izquierdo del cuerpo, luego en el derecho, después con la cabeza y finalmente con los talones. En dos días, la lista la deletreamos a ritmo de rap, y cada niño usaba todo su cuerpo en el patio para pronunciar palabras con los gestos más grandiosos posibles. Lo que al principio parecía un truco se convirtió en un potente instrumento de aprendizaje y desarrollo. No es necesario decir que mejoró la capacidad ortográfica de los niños. Los estudios han confirmado el papel fundamental de la música en el centro de la ciudad. Un estudio realizado en 1993 reveló que los alumnos afroestadounidenses de enseñanza secundaria tomaban por principal modelo a sus profesores de música (36 por ciento), seguidos por los profesores de inglés (14 por ciento) y los entrenadores deportivos e instructores de educación física (7 por ciento). En otros estudios se ha descubierto que hay menos absentismo escolar entre los alumnos de enseñanza básica que reciben instrucción musical diaria, y que las clases de música, de arte y de drama influyen positivamente en la decisión de los alumnos de enseñanza secundaria de no dejar de estudiar. En una escuela experimental de Tokio vi una forma innovadora de usar la música, similar a la de Chicago. Los profesores ponían música de fondo clásica, japonesa y folclórica, e incluso My Darling Clementine, durante las clases de lengua, para afirmar la instrucción y facultar a los niños en el desarrollo de habilidades lingüísticas de una manera tonal clara y rítmica. Mientras tanto, los niños aprendían kana, la escritura fonética japonesa, con pinceles de 7 a 10 cm de ancho mojados en acuarela. Al ritmo de la música pintaban en las paredes caracteres tan grandes como ellos mismos, grandes formas ovaladas atravesadas por rayas, no del todo caligráficas. Aprendían a dar las pinceladas con todo el brazo y el sonido del fonema, en una especie de gracioso baile que hacía elocuente y al mismo tiempo primigenia la «pintada». Pasadas unas semanas, cambiaron los enormes pinceles, a los que yo llamaba «brochas Tom Sawyer», por rotuladores más pequeños. Haciendo trazos de tamaño medio con los rotuladores, los alumnos hacían caracteres en la pared y en papel. El tercer paso era escribir con pasteles de colores suaves, en un pupitre. Durante el mes que tuve el privilegio de observar esa enseñanza me fijé que los sonidos que hacían los niños con sus voces fueron evolucionando desde agresivos a rítmicos y luego, cuando ya estaban en la fase de pasteles y valoraban el arte de hacer esos símbolos, a relajados. Por último, a cada alumno le dieron un lápiz de mina blanda, por primera vez. Al cabo de sólo unas semanas de instrucción, los niños habían comenzado a escribir con soltura y belleza. Esa gradual transmutación de ritmos dinámicos y voz en escritura concentrada había aliviado la tensión del aprendizaje de las buenas habilidades motrices necesarias para escribir. www.eduquemosenlared.com Aprendizaje acelerado ![]() El uso más profundo de la música para acelerar el aprendizaje lo desarrolló el psicólogo búlgaro Georgi Lozanov, cuyo exhaustivo estudio de la sugestión, imágenes mentales y relajación se ha convertido en una de las metodologías más vanguardistas en la educación mente-cuerpo. Desarrollada inicialmente por adultos que estudiaban idiomas extranjeros, su técnica, llamada Suggestopedia, ha introducido modificaciones creativas en los programas de toda Europa y Estados Unidos, y ha popularizado el concepto de que la música barroca lenta mejora el aprendizaje. El bestséller internacional Superlearning [Superaprendizaje], de Sheila Ostrander y Lynn Schroeder, introdujo la Suggestopedia en el conocimiento del gran público. Explica cómo Lozanov comenzó a profundizar en la música cuando estaba haciendo su doctorado en la Universidad de Járkov (Ucrania). Investigando los poderes de la sugestión para aprender durante el sueño, Lozanov se enteró de que en los hospitales y sanatorios de Rusia, Ucrania y Bulgaria ponían música amplificada mediante altavoces para acelerar la recuperación de los enfermos. Al parecer la música les regulaba el ritmo cardiaco y la tensión arterial. Lozanov continuó sus investigaciones en la Academia de Ciencias de Bulgaria y en los Institutos Médicos de Sofía, y descubrió que la música barroca lenta podía inducir en los alumnos un estado de relajación alerta, y era más eficaz que el sueño para el aprendizaje óptimo. En colaboración con el médico educador Aleko Novakov, elaboró un método de dividir la información en «trozos informativos» de cuatro segundos. Estas breves unidades de sonido, intercaladas entre pausas de cuatro segundos, consistía en siete u ocho palabras que se podían repetir en diferentes combinaciones, formas y entonaciones. Con música instrumental de cuerdas de fondo, recitar esos trozos de información mejoraba la memoria en general y aceleraba el aprendizaje. Descubrió que la mejor música para aprender era la de violín y otros instrumentos de cuerda, rica en armónicos y con un ritmo de 64 tiempos por minuto. Las personas aprendían en una fracción del tiempo que normalmente les llevaba terminar tareas complejas como diseñar ropa o herramientas de máquina. Con la adición de la música, el aprendizaje de un semestre se podía reducir a unas cuantas horas. El programa acelerado de Lozanov se extendió por todo el bloque comunista y se introdujo en un instituto subvencionado por el Gobierno de Sofía, la capital de Bulgaria. Según los informes, los alumnos aprendían en un solo día la mitad del vocabulario operativo del trabajo, o hasta mil palabras o frases en lengua extranjera, con un promedio del 97 por ciento de retención. «La memoria humana prácticamente no tiene límites», afirmó Lozanov después de demostrar que las habilidades de memorización parecidas al yoga las podía desarrollar casi cualquier persona. www.eduquemosenlared.comAl igual que Tomatis, Lozanov determinó que la hora del día y la postura del aprendiz influían en el efecto de la música. También descubrió que las ondas cerebrales reciben información concreta tanto en los estados muy estimulados (beta) como en los estados muy relajados, semejantes al sueño. Llegó a la conclusión de que, cuando la información está codificada tanto en la mente consciente como en el inconsciente, el acceso a la memoria es mucho mayor. La importancia que da Lozanov a las rutas o pistas auditivas y visuales ha creado lo que actualmente las escuelas de aprendizaje acelerado llaman «conciertos pasivo» y «activo». Un concierto pasivo consiste en la lectura de historias o vocabulario por parte del profesor a última hora de la tarde con iluminación tenue y los alumnos reclinados en sillas con el respaldo inclinado en 40 o 50 grados. Esto se parece a un aula de escucha pasiva de poco presupuesto que observé en la Escuela Guggeheim de Chicago; dado que no tenían fondos para sillas reclinables, los niños escuchaban instalados en tumbonas de aluminio compradas en las rebajas de K-Mart. Era todo un espectáculo: una sala pequeña atiborrada de tumbonas multicolores y los niños saltando unos por encima de los otros para demostrar a sus maestros lo bien que podían cerrar los ojos, relajarse y escuchar. En la fase concierto pasivo del aprendizaje acelerado, que dura unos 45 minutos, se recita la información, vocabulario y sonidos a ritmo lento, con una música de fondo barroca. Conciertos de Telemann, Vivaldi, Scarlatti, Corelli, Haendel y Bach llenan el aire con su tempo de entre 52 y 68 unidades de tiempo por minuto. La voz del profesor sigue el ritmo de la música; se da tiempo para recalcar o repetir las palabras nuevas dando a cada una su tonalidad, riqueza e inflexión. Una vez vino a verme una madre que estaba preocupada porque yo «hipnotizaba» a su hija en la clase de lengua. Había observado el progreso de su hija en destreza vocal, reducción del estrés y mayor autoestima, pero sus creencias religiosas la inducían a poner en duda la corrección de enseñar relajación profunda en la escuela. La invité a asistir a la clase para que la observara personalmente. «¡Es increíble! —comentó después—. Lo que ha hecho por mi hija es lo que los médicos acaban de enseñarle a su padre para bajar la presión arterial, para que no vuelva a tener otro infarto. Aun en el caso de que mi hija no aprenda lengua no va a ser propensa a la hipertensión. Continúe con su buen trabajo.» Durante la segunda mañana de una sesión de aprendizaje acelerado, el maestro refuerza con un «concierto activo» lo que se ha presentado pasivamente. En un concierto activo, el maestro recita el mismo texto, frase, poema o historia, incorporando el nuevo vocabulario, pero esta vez lo hace con una música de fondo muy dramática, del siglo XIX, por ejemplo un concierto para violín moderadamente fuerte de Paganini. La voz del maestro sube y baja siguiendo los contornos de la música, repitiendo las frases importantes y acentuando su textura emocional. Entre las composiciones que se usan para esto están los conciertos de Mozart, Beethoven y Brahms, completos. Después del concierto activo los alumnos repiten las palabras y frases principales al profesor. Sólo cuando han intervenido el oído y la voz, se introducen las habilidades de lectura y escritura, y entonces los alumnos por primera vez analizan directamente el texto y las palabras. Educación musical y Orff Schulwerk ![]() Como tal vez ha comenzado a sospechar, aprender acerca de música puede ser tan importante para el desarrollo intelectual y emocional del niño como aprender con acompañamiento de música. Afortunadamente, la educación musical ha progresado muchísimo. En Estados Unidos, este progreso se debe al educador neoyorquino Horace Mann, que propuso «incorporar música, dibujo y el estudio de objetos naturales» al programa escolar de 1844. Gracias a Mann y a Lowell Masón, influido por las enseñanzas del reformador suizo Johann Heinrich Pestalozzi, la música entró en el sistema escolar público a comienzos del siglo XX. No obstante, en las décadas siguientes la educación musical solía ser demasiado estructurada y los profesores áridamente académicos. A mediados de los años veinte, el centro de atención había pasado de la interpretación al «aprecio». El instituto universitario Oberlin ofreció el primer curso, de cuatro años, de formación en educación musical. A comienzos de los años cuarenta comenzaron a surgir diversas técnicas en las escuelas y conservatorios, entre ellas escucha, composición e interpretación (conjunto llamado «proceso musical»). Actualmente, la mayoría de los programas han evolucionado a partir de métodos didácticos europeos y japoneses que sintetizan el movimiento, la improvisación y el «solfeo» (lectura cantada de las notas y teoría), métodos originados en Alemania por Cari Orff, en Hungría por Zoltan Kodaly, en Suiza por Jacques Dalcroze y en Japón por Shinichi Suzuki. Además, los ordenadores, sintetizadores y sistemas electrónicos MIDI ofrecen a los jóvenes aprendices una multitud de rutinas innovadoras de aprendizaje. A veces, un método claro y concentrado funciona mejor para alumnos y profesores; otras veces, la mezcla de estilos y estrategias favorece el desarrollo y la autoexpresión. Durante los años treinta, Cari Orff, el compositor, elemental y a la vez progresivo, de Carmina Burana, desarrolló un sistema para integrar lo natural en el «mundo auditivo móvil y expresivo». Su método o sistema de enseñanza, llamado Orff Schulwerk, combina habla rítmica parecida al rap, gestos, movimiento e improvisación, con el canto y acompañamiento en instrumentos de percusión sencillos. Así, en una clase típica de Orff, los niños recitan nanas rimadas, poemas o cuentos mientras se mueven, baten palmas y tocan tambores y xilófonos. Se trata de usar melodías y cantos sencillos tomados de la tradición folclórica natural, con el fin de comprender la música sin tener que leerla en «pentagrama», de acercarse a la música mediante el movimiento, canto, baile y toque de instrumentos y no del modo analítico del hemisferio cerebral izquierdo. «Así como en la naturaleza el humus hace posible el crecimiento de las plantas, así la música elemental da al niño poderes que de otra manera no lograría —explica Orff, en una analogía típica extraída del mundo natural—. Los años de escuela primaria son el periodo en que se debe estimular la imaginación del niño; y también deben ofrecérsele oportunidades de desarrollo emocional, que contengan experiencias de la capacidad de sentir y el poder de controlar la expresión de ese sentimiento. Todo lo que experimenta el niño a esa edad, todo lo que se despierta y se nutre en él, es un factor determinante de toda su vida.» Mediante el método Orff, el niño despierta a un mundo en que el vocabulario musical se ha entretejido en el movimiento, habla, rima y trabajo instrumental y vocal. Actualmente, más de tres mil escuelas de Estados Unidos usan el Orff Schulwerk en sus programas de enseñanza básica. El Instituto Orff, que tiene su sede en el Mozarteum, la venerada escuela de música de Salzburgo (Austria), coordina las actividades internacionales. La historia de Liz Gilpatrick ilustra el atractivo del método Orff. Durante su infancia en Wisconsin, Liz llenaba sus días con las desinhibidas y espontáneas alegrías de cantar, tocar la trompeta y jugar con un viejo armonio que estaba arrinconado en el sótano de su casa. Aprendió sola a tocar la guitarra, una Stella de 13 dólares que casi le destrozaba los dedos, pero se sentía tan feliz que nunca notó el dolor. Las canciones que escribía eran la expresión inocente de una niña cuya mayor motivación para levantarse por la mañana era hacer más música. Aunque se hicieron más esporádicos esos alegres interludios y llegó la soledad de la primera adolescencia, la música era la única amiga que la acompañaba en sus largas excursiones por las playas del lago Michigan o en sus momentos de quietud cuando contemplaba la puesta de sol en invierno desde la ventana de su cuarto. A veces era la música incidental de Mendelssohn para el Sueño de una noche de verano o el Réquiem de Mozart; otras veces era música selecta de Harry Belafonte o sus propias melodías improvisadas. «Pero siempre estaba presente —dice Liz—, ya fuera de verdad o en mi cabeza, y le daba sentido a mis días. No tenía necesidad de ejercicios religiosos porque la música satisfacía mis necesidades espirituales. Cualquier éxtasis que necesitara mi espíritu era simplemente un toque de trompeta, una canción o un giro del viejo tocadiscos monoaural.» En el instituto de enseñanza media descubrió la trompa y comenzó a cantar madrigales. En la Universidad de Wisconsin estudió trompa como asignatura principal y después continuó estudios para dar clases, pero pronto se dio cuenta de que la educación musical era «más un pantano que un campo». Durante los cuatro primeros años estaba convencida de que había cometido un error; su única satisfacción la tenía cuando enseñaba a los niños la música que a ella le gustaba, o escribía arreglos sencillos para el conjunto de voces y metales de una escuela primaria; los niños «escasamente lograban soplar su nariz colectiva, pero su empeño inducía a los ángeles a bajar cuando tocábamos música que a la profesora le gustaba». A modo de antídoto contra la atmósfera sofocante de la educación musical, se matriculó en el programa Orff Schulwerk. La primera clase «fue como ese exquisito dolor visceral que se siente cuando uno se enamora. Dios mío, alguien me animaba a mí, música adulta, a inventar mi propia música y baile. No había música impresa que estorbara, sólo yo con mis oídos y el resto del conjunto». Cuando tocaba una forma simple y repetitiva en un metalófono, cerraba los ojos y experimentaba el sonido puro. «Ya no existían cuerpos, sólo nosotros, ángeles», bromea. Durante el curso del método Orff, reconoció que una fuerza potente de creatividad la empujaba de vuelta hacia su infancia, cuando ella era «la música, no sólo la intérprete». Continuó estudiando hasta convertirse en instructora de Orff Schulwerk. Le encanta estar en medio de un conjunto de niños tocando un acompañamiento pentatónico, e igualmente le encanta hacer música más compleja con adultos, escribir una canción o poner música de Bach en el magnetófono. «El sonido de la voz de una niña de siete años cantando con toda su alma es tan hermoso como una obra coral de Brahms —dice entusiasmada—. Me fue necesaria una revelación personal no muy distinta de la del señor Holland para reconocer la legitimidad de mi pasión como vehículo para llevar la música a los niños, y el Orff Schulwerk la produjo.» www.eduquemosenlared.com El método Suzuki Las variaciones de Mozart sobre «Ah, vous dirai-je, Maman» [Yo te diré, mamá], más conocida con el nombre de «Twinkle,Twinkle, Little Star» [Titila, titila, estrellita], hicieron posible a los niños aprender el abecedario en un abrir y cerrar de ojos. Cientos de niños con sus violines pequeños comenzaban con este tema, gracias al doctor Shinichi Suzuki, que fundó la Escuela para Educación del Talento hace más de cincuenta años en Matsumoto Japón). Suzuki ha dicho que todos los niños tienen una capacidad ilimitada; así como los niños hablan la lengua materna sin esfuerzo, la música es fundamental para el cerebro y el cuerpo. Mediante la imitación, Suzuki enseña a los niños, incluso a algunos muy pequeños, de dos y tres años, que la habilidad de expresión sonora se puede desarrollar y madurar durante toda la infancia. En sus casas se tocan diariamente grabaciones de buena música, y a los padres se les pide que asistan a las clases de su hijo para colaborar en la creación de «una mente noble, elevados valores y capacidades espléndidas».Vicki Vorrieter, violinista y terapeuta del método Suzuki, introduce a las personas de todo el mundo en los efectos de la educación infantil en el cerebro y el aprendizaje. Cuenta la historia de Sophie, niñita de tres años y medio que asistió, con su madre y su hermanito bebé a un seminario Suzuki celebrado en un viejo monasterio de La Sosailles (Francia). La delicada figura de Sophie, su débil lenguaje corporal, su voz susurrante y el apagado sonido de su violín indicaban una personalidad frágil y aprensiva. En su primera clase le enseñaron una postura en que apoyaba firmemente los pies en la tierra. Después, junto con su madre y profesora, cantó «Twinkle,Twinkle, Little Star», para dar energía a su voz. Por último, le pidieron que tocara su violín de forma que las cuerdas vibraran lo más ampliamente posible con un «tono diamante», como llama a este registro el doctor Suzuki. (Cuando se hace vibrar totalmente al violín, una pequeña pieza interior de madera llamada «alma» da resonancia a todo el instrumento.) «Al final del seminario de una semana —cuenta Vorrieter—, el cuerpo de Sophie ya estaba más abierto y sólido, y su sonido era completo. Había comenzado a moverse dentro de sí misma y de su violín para crear sonido con alma.» Otro niño francés, David, tenía problemas emocionales a consecuencia del divorcio de sus padres. Llevaba una vida caótica, yendo de aquí para allá entre las casas de dos adultos desdichados, y su práctica de la música era ineficaz. Las clases de música, a las que asistía su madre, eran frustrantes y él enmascaraba su desagrado simulando. Al cabo de varias semanas, la profesora de Suzuki probó un nuevo método. Le pidió a la madre que tuviera a David en sus brazos mientras ella tocaba un concierto de piezas clásicas en su violín durante toda la hora. Escuchando la música y abrazados, madre e hijo se hicieron más receptivos. A la semana siguiente David llegó a la clase en un estado mental tranquilo y feliz y tocó mejor que nunca. El método Suzuki nació de un legado musical que se remonta a siglos. La primavera pasada asistí a una clase de flauta shakuhachi, en Japón, dada por Fujita Daigoro. Fujita está considerado un tesoro nacional en el antiguo estilo de tocar la flauta que surgió en el teatro noh, cuyo origen data del siglo XIV y es famoso en todo el mundo por sus máscaras, vestuario sutil pero dinámico y personajes poderosamente emotivos. Actualmente el sensei (profesor) Fujita transmite esta antigua tradición. Jeff Clark, profesor y traductor estadounidense que ha vivido 25 años en Japón, comenzó a estudiar con «Fujita-san» hace doce años, y me invitó a sentarme en una antesala durante su clase. Desde mis estudios musicales japoneses a comienzos de los años setenta, había olvidado cómo se enseña música allí. Sensei Fujita estaba sentado solo, con un pequeño bloque de madera delante, en una habitación tradicional japonesa, con suelo de tatami y paneles de corredera shoji. Envuelto en un quimono, el maestro estaba sentado sobre sus talones y sostenía dos pequeños palillos de caoba que parecían escalpelos con palas alargadas en los extremos. Todos los alumnos acudían los martes entre la una y las siete de la tarde; ninguno tenía hora programada. Fujita-san les hace una sesión de quince minutos, por orden de llegada, y cobra un módico precio por la temporada. A veces los alumnos escuchan en fila a los que están delante mientran trabajan en sus propias partes de cinco minutos de una obra de teatro medieval noh. Si es necesario esperar, la señora Fujita aparece como salida de no se sabe dónde con una taza de té verde, y luego se esfuma como por arte de magia. Lo que me pareció notable, y que me dejó estupefacto, fue que el profesor nunca tocó el instrumento durante la clase. Sensei Fujita se limitaba a reproducir los ritmos de tres tambores usados en la música noh, el kotsuzumi, el otsuzumi y el muy conocido taiko, golpeando un pequeño bloque de madera. Mientras él recitaba el texto, el alumno, percibiendo la parte que faltaba, la llenaba con la misteriosa belleza de la flauta shakuhachi. Después de treinta años de estudio (esto no es una errata de imprenta), por fin se invita al alumno a interpretar. Esto es lo opuesto al aprendizaje acelerado; es un aprendizaje prolongado, eterno, e interno. REVISA TAMBIÉN: www.eduquemosenlared.com
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Bobby era un chico hiperactivo en mi clase; no se podía estar quieto ni callado; se pasaba el tiempo gritando e intimidando a los demás niños. Cuando escribía una composición, se podía sentir la rabia y la tensión que llevaba dentro; la fuerza enrollada de su personalidad se imprimía en las palabras de la página. En su casa, su comportamiento era igual de desmadrado, y sus padres habían renunciado a controlarlo.
A comienzos de los años ochenta, Howard Gardner, de la Universidad de Harvard, escribió Frames of Mind [traducido al castellano con el título Inteligencias múltiples: la teoría en la práctica], uno de los libros más influyentes en la educación de esta generación. En él introduce la idea de que tenemos inteligencias múltiples; cree que, además de inteligencias lingüística, lógica-matemática, espacial y corporal-cinestésica, tenemos inteligencias interpersonal, intrapersonal y musical. Cita estudios que demuestran que bebés de dos meses son capaces de repetir las canciones que les cantan sus madres igualando la altura, el volumen y el contorno melódico; y que a los cuatro meses también pueden imitar la estructura rítmica. La ciencia ha descubierto que los bebés están predispuestos hacia esos aspectos de la música, mucho más que a las propiedades principales del habla, y que se entretienen en juegos de sonidos que manifiestan claramente cualidades creativas.
Desde la canción «E-N-C-Y-C-L-O-P-E-D-I-A» de Jimmy Cricket a los instrumentos rítmicos más complejos que se encuentran en las escuelas de enseñanza básica de Estados Unidos, el sonido y la música se usan para aprender lenguaje, ortografía y pronunciación, e incluso habilidades sociales. Esto no es educación musical propiamente dicha; es educar con componentes rítmicos y auditivos.

Las variaciones de Mozart sobre «Ah, vous dirai-je, Maman» [Yo te diré, mamá], más conocida con el nombre de «Twinkle,Twinkle, Little Star» [Titila, titila, estrellita], hicieron posible a los niños aprender el abecedario en un abrir y cerrar de ojos. Cientos de niños con sus violines pequeños comenzaban con este tema, gracias al doctor Shinichi Suzuki, que fundó la Escuela para Educación del Talento hace más de cincuenta años en Matsumoto Japón). Suzuki ha dicho que todos los niños tienen una capacidad ilimitada; así como los niños hablan la lengua materna sin esfuerzo, la música es fundamental para el cerebro y el cuerpo. Mediante la imitación, Suzuki enseña a los niños, incluso a algunos muy pequeños, de dos y tres años, que la habilidad de expresión sonora se puede desarrollar y madurar durante toda la infancia. En sus casas se tocan diariamente grabaciones de buena música, y a los padres se les pide que asistan a las clases de su hijo para colaborar en la creación de «una mente noble, elevados valores y capacidades espléndidas».





Comentarios
"el sonido y la música son fundamentales para mantener la buena salud y desarrollar habilidades de comunicación" Si no tenemos esa oportunidad de interactuar con las notas musicales ;dificilmente llevaremos nuestro espíritu a lo más profundo de nuestros pensamientos y disfrutar deleitándonos de los sonidos de la música.Alimento para nuestro espíritu.Gracias por compartir este artículo.
Buena por la música y por tus aportes significativos. Un abrazo.
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